En el marco del ciclo Practia Talks, el excombatiente de Malvinas analizó sus experiencias en situaciones límite y destacó la importancia de generar aprendizajes aún en los momentos más difíciles de la vida.

“Un día en la guerra es eterno: el tiempo no existe y, en ese sentido, hay un parecido con la actual pandemia, porque nadie sabe si es jueves, sábado o lunes”. Marcelo Lapajufker es excombatiente de Malvinas, orador en TEDx Comodoro Rivadavia y autor del libro Hay dos cartas sin abrir, donde recopila las 187 piezas de correspondencia recibidas en las islas. En el marco de Practia Talks ofreció la charla “Todo lo que la guerra me enseñó”, donde compartió sus vivencias como soldado. “En esa latitud y en esa época del año, pleno agosto, anochece hacia las tres y media de la tarde y aclara recién a las nueve y media de la mañana: la noche también es interminable”, describió.

Antes de abril de 1982, Lapajufker había llevado una vida normal y su hermano ni siquiera hizo la conscripción. “Hoy todo es diferente: la guerra me dejó su lado más oscuro, aunque trato de construirme a diario para evitar esa oscuridad”, afirmó. “Cuando me eligieron sentí orgullo, porque de mi compañía, que éramos 300, solo fuimos 18 soldados nuevos, pero las palabras y construcciones mentales que me había hecho sobre patria, soberanía, bandera, gloria y honor con el correr del conflicto se convirtieron en decepción, desesperanza, miedo, angustia, frío y hambre”, dijo. “La vida te puede cambiar en un minuto, como ocurre hoy con la pandemia”, agregó,

De repente, se encontró haciendo cosas que jamás hubiera imaginado: desde cavar una trinchera para vivir 66 días ahí hasta soportar cinco días sin agua y sin comida, entre el 14 y el 19 de junio; desde haber sido prisionero de guerra hasta robar para alimentarse. “Rescato la solidaridad: con mis tres compañeros de trinchera sellamos una especie de pacto que se cumplió siempre y que decía que cada vez que alguno de nosotros consiguiera comida la repartiría con los demás”, señaló Lapajufker. El excombatiente aseguró que la guerra para él fue también una escuela para entender cómo funciona el ser humano. “Nuestro cuerpo y nuestro cerebro, en especial su parte más primitiva, la reptiliana, sólo buscan sobrevivir: se acostumbra a lo mínimo, puede seguir sin comer y sin dormir”, describió. También destacó una paradoja: a pesar de que no lograba pegar un ojo (“en la guerra no se duerme, esa trinchera o pozo de zorro que cavábamos en la turba se llenaba de humedad y barro”, detalló), tenía un sueño recurrente: vivir un día más.

¿Qué hizo que él pudiera atravesar esta situación y hasta compartirla con otros que lo toman como enseñanza para sus propias vidas? “Creo que el primer apoyo fue mi red de contención familiar, junto con los amigos íntimos y los conocidos, y, fundamentalmente, la actitud que uno pone”, narró. “Yo volví y vi delante de mí un agujero negro de depresión, infelicidad y angustia. Me sacudí y decidí repararme, tanto en lo mental como en lo físico, porque había venido con los pies y las manos congelados y con una parasitosis intestinal severa producto de la falta de alimento y de agua potable”, contó. No quiso quedarse en la anécdota ni en la negrura de la guerra, sino apostar a transformarse. “Para salir, descubrí que necesitaba armarme un presente para después pensar un futuro: cambié mi visión, todo dejó de ser un pozo oscuro al que podía caer y pasó a convertirse en un túnel al final del cual había luz”, explicó Lapajufker.

Un detalle sorprendente: tardó un tiempo en darse cuenta de que seguía vivo. De las islas los trajeron directamente a una especie de cuarentena en Campo de Mayo, donde estuvo alojado junto con los demás sobrevivientes cuatro días sin ver a su familia porque, les dijeron, el shock emocional del reencuentro podía ser muy fuerte. A pesar de que viajó en el primer barco, repleto de heridos graves y enfermos severos, la revisión médica fue insulsa. “Recién al cuarto día salí al patio para ver si veía una cara conocida. Detecté un tío mío que mide como dos metros y aunque estaba muy cerca de él no podía hablarle ni acercarme: me paralicé y me quedé mudo. No sé cómo inflé los pulmones y grité su nombre. Nos dimos un abrazo sin tiempo y ahí me di cuenta de que estaba vivo”, relató.

En una época sin celulares, al resto de la familia la vio recién al día siguiente. Todos estaban desperdigados por Campo de Mayo porque ya había corrido la voz de que tenían ahí a los soldados de Malvinas. “Me imaginé, como muchos compañeros, que nuestra llegada a Buenos Aires iba a ser con la gente en los balcones recibiéndonos y tirando papelitos de colores, pero no había nadie, volvimos escondidos y de noche y nos dejaron encerrados ahí cuatro días”, rememoró Lapajufker. En el hogar familiar sí hubo fiesta y reconocimiento. Gente, comida, ruido y muchas personas que se le acercaban a hablar. “Yo balbuceaba y asentía, pero no hablé con nadie hasta que se fueron todos”, admitió el veterano. Los cambios físicos fueron notables: de los 82 kilogramos que llevó, volvieron apenas 68. En los primeros tiempos llegó a tomar 16 medicamentos diferentes por día. “Tuve que aprender dos cosas de nuevo: a comer y a dormir. No podía usar un colchón nuevo que me compraron mis padres y me tiré una semana en el piso hasta que me volví a acostumbrar”, relató. Al día de hoy, durante las noches, golpea los talones. “Lo hago pensando que tengo puestos los borceguíes, porque esa es la forma de sacarles el barro y que no se me congelen los pies”, explicó.

Intentó reconstruir su vida de inmediato, continuando con el plan que interrumpió la guerra. Se anotó en la facultad y, en una Argentina “bipolar” con sus soldados, según sus palabras, en la que para un veterano era difícil conseguir trabajo, consiguió un puesto en el Estado.

La trinchera que compartió con otro Marcelo, Sergio y Ricardo, todos sobrevivientes y con quienes mantiene aún hoy un contacto frecuente, fue otra fuente de aprendizaje. “Vivíamos bajo un bombardeo permanente y necesitábamos trabajar en equipo para planear los movimientos y logística para conseguir alimentos”, señaló Lapajufker. Se lavaban como podían, no se bañaban jamás y llevaban apenas una muda de ropa en la que las prendas impermeables brillaban por su ausencia, a pesar de que se encontraban en la temporada de lluvias, con vientos de más de 100 kilómetros por hora y a 14 grados bajo cero de temperatura. En la actualidad, entre abril y junio, siente como si tuviera los pies congelados. “Teníamos un equipo escaso e inútil, con guantes de trabajo, de lona, y medias comunes que nos poníamos de a dos pares”, describió. “Hacíamos un agujero con la bayoneta (¡Usábamos bayonetas, como si fuera la Primera Guerra Mundial!) y la vestíamos como poncho, pero se iba mojando con la nevisca o con la lluvia y terminaba pesando decenas de kilos, al tiempo que la humedad pasaba al resto de la ropa”, aseguró.

También recordó momentos graciosos. Como aquella vez que estando de guardia descubrió a un oficial escondiendo una gelatina de tutti frutti recién hecha debajo del tráiler de un camión con depósito de agua y se la birló para compartir con sus compañeros, o cuando descubrió esa especie de desván con latas de cuatro kilos de alimentos. Como todo estaba oscuro, no sabía qué era lo que tomaba. En su primera incursión consiguió peras en almíbar. En la segunda agarró una lata similar y cuando llegó a la trinchera dispuesto a repetir el manjar… descubrió que eran arvejas. Otra cosa que lo alegraba, en las noches de guardia en la trinchera, eran las canciones en voz muy baja que compartían, de Sandro, Sabú y Silvestre. “Era un muy lindo momento que compartíamos los cuatro”, evocó.

La parte más linda (“si es que una guerra tiene partes lindas”, aclaró) era recibir las cartas. “Recibirlas te llenaba el alma y escribirlas te transportaba mentalmente al calor y a los olores de tu casa”, dijo. No negoció con el ejército enemigo cuando le pidió que entregara su correspondencia y volvió con todas las cartas recibidas, tanto las de su familia como las que escribían los niños en la época para mandar a los soldados.

“La pandemia actual tiene otra similitud con la guerra: nos sabemos vulnerables y eso nos hace más fuertes, nos permite encontrar el espíritu para salir adelante”, concluyó Lapajufker, quien logró regresar a Malvinas en 2015, algo que quiso hacer desde el mismo instante en que el barco lo dejó de regreso en el continente, en Río Gallegos. “Ni un solo día me olvido de lo que pasó, pero no para castigarme, sino para entender hacia dónde quiero ir”.

Practia Talks es una serie de conferencias gratuitas en formato de webinar de aproximadamente una hora cada una, sobre temáticas de interés para los líderes. Es parte de las propuestas de difusión del conocimiento de Practia en tiempos de pandemia, que incluyen también la disponibilidad entre marzo y mayo del programa Practia Academy, con charlas sin costo sobre nuevas tecnologías, iniciativa que sumó más de 1.000 inscriptos.

INSCRIPCIONES AQUÍ: http://www.practia.global/practia-talks/