Durante los últimos dos años en los que, confinamientos por COVID mediante, quedamos expuestos a las pantallas durante 24 horas al día los siete días de la semana para trabajar, estudiar, entretenernos, hacer gimnasia y mantenernos cerca de nuestros seres queridos, se conformó una realidad híbrida que tiende a perdurar más allá de la pandemia. Recién se está configurando y requiere de nuevos acuerdos sociales.

La periodista Martina Rúa, en una edición reciente de Practia Talks, enfocó en uno de los grandes desafíos de esta era: Innovación y bienestar digital.

La híper conectividad tiene consecuencias en la salud mental: ocho de cada diez personas sufrieron síntomas de burnout, estrés o ansiedad a partir del nuevo modelo y Microsoft detectó que existe un tercer pico laboral diario -que se suma a los dos históricos, antes y después del mediodía, a las diez de la noche”, señaló la experta. 

“Lo importante es que no naturalicemos eso, que nos preguntemos si estamos bien con eso o qué pasaría si decidiéramos cortar y desconectarnos”, enfatizó.

Un cambio de prioridades

El concepto de bienestar no existía en las agendas de las empresas hasta hace unos pocos años, con excepción de ciertas áreas de recursos humanos. Hoy aparece entre las prioridades de los CEO, en especial en relación a lo digital.

El bienestar digital se define como la medida en que una persona percibe que el uso de sus dispositivos digitales está alineado con sus objetivos. 

La propia Rúa, en el libro Cómo domar tus pantallas, escrito con Pablo Martín Fernández, amplía la definición y dice que requiere un plan de uso intencional, consciente, crítico y equilibrado de la tecnología como herramienta para alcanzar nuestros diferentes objetivos.

Pérdidas y ganancias

El costo de estar conectados de manera ininterrumpida podría ser más alto de lo que calculamos: tal vez el beneficio es un like o un retweet, pero para eso destinamos muchas horas de nuestra atención que restamos a otras necesidades. 

Es lo que se conoce como “economía extractiva de la atención”: uno entra unos minutos a verificar una cuenta de Instagram y se queda dos horas sin poder despegarse. ¿Lo hizo por propia voluntad o por falta de bienestar?

“Hay tres puntos clave para analizar: si estamos eligiendo lo que consumimos o simplemente caemos y no sabemos salir, si entendemos cómo funcionan las plataformas que estamos usando y si luego de utilizar las tecnologías nos sentimos más en comunidad o más aislados”, enumera Rúa.

Del FOMO al JOMO

Las redes están diseñadas para que el usuario sienta la necesidad de estar todo el día conectado para no perderse de nada (FOMO, fear of missing out). Hoy, emerge la desconexión como un bien de lujo, donde la persona que apuesta al bienestar elige qué perderse en el modelo JOMO (joy of missing out).

El plan de bienestar es una brújula para la era híbrida: domar el foco es un súper poder. En ese sentido, Rúa recomendó una serie de mejores prácticas, como dejar a la vista las apps de una sola tarea y “esconder” en carpetas las extractivas o establecer una pirámide de atención para determinar cuáles de las comunicaciones son urgentes y cuáles meramente informativas y pueden esperar hasta el día siguiente. 

También reemplazar comunicaciones sincrónicas por asincrónicas cuando sea posible (para no “secuestrar la voluntad del otro”, según Rúa) o, en esa misma línea, cada vez que se envía un audio de WhatsApp señalar título y urgencia para dar al otro la opción de elegir.

Toolkit de bienestar digital

Es útil hacer el diagnóstico de bienestar digital para saber cuánto tiempo lleva uno conectado y en qué aplicaciones. De esta forma, es posible tomar decisiones correctivas. Apagar las notificaciones es otra práctica muy importante, al igual que explicar en el estado de WhatsApp qué uso se le da a esa herramienta y en qué horarios. 

¿Hay que hacer foco en algo muy importante? Lo mejor es hacer desaparecer el teléfono y que la promoción de una almohada a mitad de precio no nos quite tiempo en el armado de la presentación de nuestras vidas.

Desafíos híbridos

La realidad híbrida impone la creación de nuevos formatos: entender los breaks como parte del trabajo y agendarlos con la misma seriedad con que se establecen las reuniones o hacer “falsos traslados” entre los diferentes roles del día, aunque se hagan todos en el mismo lugar físico.

Por otra parte, es clave determinar momentos del día que sean una “zona segura” a la que se pueda volver cada vez que sea necesario. Por ejemplo, no hacer nunca reuniones a la hora de llevar a los chicos al colegio. “A esta altura, ya tenemos la posibilidad de registrar qué nos gustó y qué no del tiempo híbrido”, explica Rúa.

¿Sirve este “détox digital”? “Sí, pero siempre y cuando esté al servicio de algo mayor: si nos permitió leer una novela, tener descansos activos o terminar antes el trabajo porque hicimos mayor foco”, señaló Rúa. “Tenemos el smartphone en nuestras manos hace una década y las herramientas de bienestar empezaron a aparecer recién hace cuatro años: un poco tarde, pero ya pudimos encontrarlas”, concluyó.

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